Logras pasar las puertas de acceso de un festival y no puedes disimular esa sonrisa ridícula en tu rostro, sobre todo si se trata del Riot Fest, y de inmediato te ves rodeado de un montón de punks que al igual que tú, creen estar en Disneylandia.

Fotos y texto: Gerardo Juárez

Quienes decidimos ir a Riot Fest somos de esa generación que puede explicar la evolución de su gusto musical, que va del poético punk rock de Jawbreaker hasta el éxito reciente de Grandson y Prof en el hip-hop. Sin embargo, el festival a lo largo de estos 15 años se ha encargado de velar por los intereses de la escena punk, donde hoy en día los treintones con mohawks y cabello teñido parecen ser los consentidos a la hora de revelar un cartel. Gracias a este tipo de festivales, las camisetas de sus bandas favoritas pueden salir del armario, lugar donde tristemente envejecen y terminan por caer en la nostalgia de lo que alguna vez fueron los mid 90’s, época en la que muchos de nosotros aún seguimos estacionados.

Llega ese momento en el que logras pasar las puertas de acceso de un festival y no puedes disimular esa sonrisa ridícula en tu rostro, sobre todo si se trata del Riot Fest, y de inmediato te ves rodeado de un montón de punks que al igual que tú, creen estar en Disneylandia. Algo tenía que ver que, Blink 182, Rise Against y Bikini Kill encabezaban las tres jornadas. Antes de entrar, medito un poco sobre la intensidad de los siguientes tres días, mientras miro con algo de decepción los horarios que tristemente se empalman.

Hay cinco escenarios instalados en los alrededores del parque, dos principales para los actos más grandes y los otros dos concentraban al resto de las bandas. El último y el de menor capacidad, fue acondicionado para presentaciones especiales como las de Senses Fail, Glassjaw y Teenage Bottletocket. El line-up como es costumbre incluye un buffet nostálgico de veteranos del punk, pop-punk, ska y emo, que nos han dejado highlights inolvidables como las de un montón de gente vieja haciendo crowdsurfing, la triste gira del adiós de Slayer y The B-52’s y un maravilloso wall of death al ritmo del YMCA.

El ring de lucha libre, los juegos mecánicos y los cientos de food trucks daban un plus a la experiencia de feria de condado, probablemente David Foster Wallace la hubiera disfrutado tanto como yo; como no acordarse de sus ácidos comentarios sobre aquella feria de Illinois en “Dejar de estar bastante alejado todo”. Los stands de merch en cada esquina no podían faltar, ideales para gastarlo todo en playeras oficiales y no quedara en duda tu asistencia al festival. 

El pop punk fue representado con más fuerza el viernes. Neck Deep, los ingleses favoritos del gabacho, y Hot Mulligan, la nueva banda de la cuadra, fueron los encargados de treparse al escenario durante la primera jornada del festival. Las tranquilitas de The Story So Far sonaron el sábado, y posiblemente fueron las más coreadas de su set, a pesar de que ver a Parker Cannon y su banda impliquen un involucramiento más físico durante sus presentaciones en vivo.

El aniversario del Riot Fest fue algo así como una reunión de ex-alumnos y los consentidos de la clase no podían faltar, si no pregúntenle a los Violent Femmes, el equivalente a Café Tacvba en un Vive Latino, que dicho sea de paso dieron un showzazo, a pesar de las molestas fallas de audio que hubo durante su presentación. Ya ni el sonidero de la Agrícola Oriental te queda tan mal.

Blink 182 me quedo a deber. Mi expectativa del show quedó tan sólo en todas esas fantasías que tenía a los 15 de como sería verlos en vivo. No sé a quién echarle la culpa, pero de verdad no se escuchaba absolutamente nada. ¡Súbanle, carajo! Era mi primera vez con los de San Diego y a pesar de que la realidad de la banda es el espectáculo con confetti y lucecitas, se notaban algo apagados arriba del escenario, tal vez la presencia de un tal Tom DeLon-ohquela- hubiera hecho la diferencia. Al final, la presentación la salvó el público que cantaba con orgullo adolescente las canciones del queridísimo Enema.

Este no fue el caso del Wu-Tang Clan, que, a pesar de colarse al festival en el último suspiro, sorprendieron a los fanáticos interpretando su primer disco Enter The Wu-Tang (36 chambers). El público todavía recuerda las letras de cada una de las canciones y ahora tenían una excusa para cantarlas. Algunos asistentes con mucho morbo resaltaban la palabra “nigger” pero bueno, esa ya era otra historia.

En fin, que agradecido estoy con las fiestas patrias que facilitaron la oportunidad de que Chicago nos recibiera con los brazos abiertos. Entiendo que nada tiene de patriótico en zamparse unos waffles antes de entrar a un festival, pero la oportunidad de viajar a este paraíso punk fue toda una sorpresa y yo no podía dejarla pasar. Podría sacrificar un año más de estar encerrado en mi casa ignorando a la familia y mirando con poco interés el especial de ‘El Grito’ en la tele. Daba igual. El fin de semana rebasó mis expectativas y a pesar de que yo nunca he ido a Disneylandia, de mínimo pude compararlo con una ida al área de juegos del VIPS.

Aquí las pruebas de que si fuimos al festival: